|
ODA A UN ÁGUILA Sube pájaro audaz, sube sediento a beber en el viento del rojo sol la esplendorosa lumbre; sube, batiendo las sonantes alas, de las eteréas salas a sorprender la luminosa cumbre. Bien hayas tú, que ves osadamente los cielos frente a frente, y de cerca a tu Dios, ave altanera; y si el ronco torbellino crece, vigoroso te mece siendo un impulso más a tu carrera. ¿Qué te importa que el sol ni el torbellino crucen por tu camino, si en vuelo altivo y temerario arrojo la tormenta te riza mansamente, y el sol resplandeciente como precisa luz vibra en tu ojo? ¡Qué te importa de pajaros la ansiosa confusion tumultuosa, qué se ufana en subir cuando tú subes, si a su impotente y torpe movimiento fuerza le falta y viento cuando tu velo real hiende las nubes! Salve, ¡oh tú de la atmósfera señora, Aguila voladora que abandonado nuestra tierra oscura, Emperatriz del viento te levantas, y solitaria cantas de los lucientes astros la hermosura! Tal vez escuches en tropel sonoro las cítaras de oro de los santos y célicos festines; y tal vez mires en distancias sumas las espléndidas plumas de los blancos y errantes serafines. Tal vez oyes, ioh reina soberana!, el infinito Hosanna y en torno al cielo respetuosa giras, y en el cóncavo ambiente solitario del místico incensario el ámbar celestial libre respiras. Y tal vez los espíritus errantes que arrastran rutilantes esos soles que ruedan en la esfera, en cariñosa voz y amago blando, te acarician pasando al encontrarte siempre en su carrera. Bien hayas tú, del sol y el viento amiga, del esfuerzo y fatiga, de arcángeles tal vez acariciada! Bien hayas tú, que despreciando el suelo pides osada al cielo libre, tranquila y liberal morada. Bien hayas tú, que lejos del inmundo pantano de este mundo, no sientes el dolor de los que lloran, ni el vergonzoso son de las cadenas, ni las de angustias llenas quejas sin fin de los que ayuda imploran. Ni oyes la ronca voz de la impía guerra que ensordece la tierra y escribe en lanzas sus sangrientas leyes, ni del vasallo el desvalido lloro en derredor del oro que brilla en el alcazar de sus reyes. Bien haces en quedarte en esa altura, recinto de ventura, Aguila emperatriz, hija del viento, y dejarnos aquí, ya que no osamos pues cobardes lloramos, gozar tu libertad por tu ardimiento. Déjanos, si; que esclavos de otros dueños en indignos empeños las ajenas hazañas aplaudamos, y al ajustar nuestras contiendas fieras, las ajenas banderas y el extranjero pabellón sigamos. Mientras cruzando la region vacía, tú en infinito día la farsa ríes de la humana gente, y al son de sus dementes alaridos registras los perdidos vaporosos espacios del oriente. Tú desde allí en las ráfagas mecida, segura y atrevida contemplas la mezquina y baja tierra, la miseria del hombre y su inmundicia, su orgullo y su injusticia, sus vanos triunfos y ominosa guerra. Tú, ave de libertad y de victoria, del aire y del sol gloria, desde la calva inmensurable peña ves como se abre trabajosa calle por el angosto valle la armada gente tras la rota enseña. Césares, Alejandros, Napoleones, dieron a sus legiones tu vencedora imagen por bandera, y tú en el viento sin temor ni vallas, al son de sus batallas te adormiste ufana y altanera. ¡Salve, reina del viento generosa, águila poderosa, Ave del sol y de la luz querida! Salve, y plugiera que en tu raudo vuelo trepar pudiera al cielo una esperanza de mi amarga vida. ¡Oh si alcanzara, cándida María, perdida gloria mía, a enviarte con esa águila un suspiro! ¡Si alcanzara esa osada mensajera a decirte siquiera que aún por tu solo amor canto y respiro! ¡Ay, fresca rosa que abrasó el estío, perdido encanto mío, tierna, amorosa y muerta ya María! ¿En qué aura vaga tu fragante aroma? ¿En qué escondida loma me velas hoy tu cáliz, vida mía? Tórname, hermosa, el rostro soberano, y tiéndeme tu mano, y dime dónde estás para mirarte; para que tengan luz los ojos míos, y se acallen bravíos los duelos de mi vida al adorarte. Vuela, pájaro audaz, águila erguida, por la región perdida donde espléndido el sol alza su Oriente; y si aún es dado a tu gigante vuelo Escudriñar del cielo la ignorada mansión resplandeciente. Busca a mi vida y dile que aún la adoro, y dile que aún la lloro al ronco son de la cansada lira; pregúntale si lejos de esta tierra, en ese que la encierra alcázar celestial por mi suspira. Los Césares así y los Napoleones leguen a sus legiones tu vencedora imagen por bandera, y tú en el viento sin temor ni vallas, al son de sus batallas duermas ufana, libre y altanera. Sube, pájaro audaz, sube sediento a beber en el viento, del rojo sol la esplendorosa lumbre; sube, batiendo las sonantes alas, de las etéreas salas a sorprender la luminosa cumbre. No te importe que el sol y el torbellino crucen por tu camino; sigue tu vuelo en temerario arrojo, que el huracán te riza mansamente, y el sol resplandeciente como precisa luz vibra en tu ojo. Y si por acaso encuentras en el viento mi lastimero acento, sigue cruzando a las etéreas salas, que los roncos preludios de mi canto son los ayes del llanto que me arranca la envidia de tus alas. José Zorrilla
|