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El difícil Arte de Elegir Imprimir E-Mail

Estamos en tiempos de elecciones y no es fácil elegir. Con ello no me refiero al complicado aparato político que absorbe al mundo entero, haciendo que la gente deba decidirse por unos u otros gobernantes. Lo que me preocupa es el difícil "Arte de Elegir" que, en ciertos aspectos, llega a convertirse en el eje de la Vida misma.
Por un lado está siempre presente el miedo a elegir, a determinarse por una sola posibilidad cuando hay muchas - ¡aparentemente tantas!- alrededor.

ImagePor otro lado, está el placer de elegir entre las variadas opciones que se nos presentan, placer que al final deja un regusto amargo pues está unido a la sensación de inestabilidad, de error. Y más todavía a la falta de responsabilidad: si me equivoco, elijo otra cosa” y asunto arreglado.

Veamos un poco cada caso, pues aunque se ven como opuestos, terminan por darse la mano.

El miedo a elegir es el resultado de una mentalidad inmadura. Aquí se suman numerosos factores que van desde la educación familiar, la escolar, el contexto social, las modas, los pocos ejemplos que seguir, el presente que aplasta con su volatilidad al pasado y al futuro, la falta de ideas claras, las escasas perspectivas humanas si bien la propaganda sutil se encarga de pintarlo todo de rosa...
¿Elegir?¿Qué elegir? Está la propia vida en juego, la supervivencia material, el beneplácito de los demás, lo bueno, malo o neutro que podemos hacer por el resto de la humanidad. ¿Estudiar? ¿Trabajar? ¿Qué, dónde? ¿Amar, formar una familia, educar hijos? ¿En base a qué principios y con qué seguridad de éxito?. A pesar de este planteamiento a simple vista pesimista, mucho me temo que a nadie le importe demasiado la madurez psicológica e intelectual de la gente, ni que nadie tome demasiado en cuenta que esa es una conquista que depende del valor personal de cada uno.

El placer de elegir es apenas un juego. El trasfondo es la misma incertidumbre que guía al miedo, sólo que en lugar de la paralización ante el temor, se escoge el perpetuo movimiento, el vulgar cambio disfrazado de evolución, el salto sin sentido, el camino sin rumbo determinado.

No hay muchas cosas buenas que elegir: la mayor parte de las opciones están igualmente vacías de contenido, son máscaras pintadas que se rompen en cuanto chocan con la realidad. Por eso el placer inicial se desvanece al comprobar que nada de lo que podamos elegir nos satisface; que hay que renovar continuamente las elecciones para estar al día en esa enloquecedora carrera que no tiene meta. Tras la fachada de un desarrollo privilegiado, asoman las ruinas de la ignorancia y el engaño.

Empezaba mi carta con una llamada al difícil arte de elegir, que no por ser un arte deja de tener mucho de ciencia. Tal vez el error está en creer que todo lo que podemos elegir es lo que tenemos ante nuestros ojos, al alcance de las manos. Tal vez haya que abrir nuevos caminos -o viejos a fuerza de solitarios- para encontrar verdades auténticas, pautas estables y equilibradas que permitan al hombre reconocer su participación en el conjunto de la Humanidad. Indudablemente, otro reto de la Filosofía.

Nueva Acrópolis

 
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